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El «Cannonball» español

Mucho antes de que Fernando Alonso nos diera grandes alegrías, un montón de esperanzas y más que algún disgusto, en España apenas hubo pilotos de Fórmula 1 destacables. Esto no quita que algunos aventureros quisieran dar el salto a la categoría reina con más ilusiones que medios, lo cual condicionarían sus resultados finales. En el recuerdo siempre estará el gran Alfonso de Portago, el primer español en subirse al pódium (2º en el GP del Reino Unido de 1956) cuya vida se truncó prematuramente durante las Mille Miglia de 1957. En un país azotado por la posguerra, con notables desigualdades sociales, sólo los más pudientes podían permitirse el lujo de acceder a auténticas máquinas de competición. No quiero decir con esto, que el automovilismo fuera un pasatiempo para ricos únicamente en España, pues en el resto de naciones siempre estuvo asociado a la figura del “gentlemen driver”, ya que hablamos de épocas donde este deporte aún no estaba profesionalizado. Simplemente, por la situación socio-económica del país hacía que estas aficiones fueran aún más excluyentes. Véase el ejemplo anteriormente citado sobre Alfonso de Portago, aristócrata portador de varios títulos nobiliarios (marqués, conde y Grande de España) además de acarrear fama de playboy. De hecho, el protagonista de este reportaje también gozaba de un status social elevado:

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Francisco Godia Sales (1921-1990) más conocido como Paco Godia. De familia de empresarios, tras la Guerra Civil fundó su propia firma, la cual le permitió disponer de un gran patrimonio para poder participar en distintos eventos deportivos, tales como las 24 Horas de Le Mans de 1949. En 1951 sería el primer español en subirse a un F1, un año después de que se inaugurase esta categoría considerada como el máximo escalón del automovilismo. Al más puro estilo amateur, se inscribió por su cuenta, sin apoyo de ningún equipo oficial, aunque en alguna ocasión contó con la ayuda de Maserati, en los Campeonatos de 1951, 1954, 1956, 1957 y 1958 de Fórmula 1 sumando un total de 14 Grandes Premios donde su mejor resultado fueron dos 4º puestos en los GP de Alemania e Italia de 1956 (año que acabaría 9º en la general).

Godia seguido de Bruce Halford GP Alemania 1957 ambos con Maserati 250F.jpg

Su afición a los automóviles potentes se le unió una pasión por las obras de arte que culminaría con la inauguración de la Fundación Francisco Godia en 1999 en honor a su recuerdo. Todo un personaje apreciado dentro y fuera de la pista por pilotos renombrados de la talla de Fangio con el que mantuvo trato cordial. Se puede decir que gracias a su patrimonio a España llegaron automóviles legendarios, no sólo su Maserati 250F de F1, también el Maserati 300S o el famoso AC Cobra 427, Ford GT40 , Porsche 908, etc… Y pasar de todo esto, que haría pensar de estar ante una personalidad distante, el público y allegados lo nombraban por su apelativo: Paco .

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Presentado nuestro protagonista, llega el momento de hablar de una de sus hazañas extradeportivas aunque igualmente fuera al volante de un automóvil. Una plusmarca extraoficial que difícilmente aparezca en registros históricos…o quizás sí. Nos referimos a la arriesgada hazaña de realizar el trayecto que une las principales ciudades españolas de Madrid y Barcelona al volante de un deportivo con el pie a fondo por carreteras abiertas. Algo así como la famosa “Cannonball run ” americana .

Tal acontecimiento, fuera de la ley, tuvo lugar el 19 de de julio de 1964. El vehículo empleado, nada menos que un Porsche 904 GTS, una auténtica máquina de competición homologada para circular por carreteras abiertas al público. A las 3 de la madrugada, Paco Godia partía desde Barcelona por una red de carreteras aún en fase de desarrollo y precaria seguridad. Aún no existían autopistas ni autovías (la primera sería inaugurada tres años más tarde) y aún así, alcanzó su meta en Madrid en menos de 5 horas. Concretamente paró el cronómetro en 4h. 54 min. y 58 s. para realizar los 610 km de los que constaba la prueba. Una media de 123.9 km/h. Del cronometraje se encargaron técnicos del Real Automóvil Club de Cataluña para la salida y del Real Automóvil Club de España a la llegada. No hubo controles intermedios.

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Tras la publicación en medios especializados de esta proeza, muchos otros lanzaron el grito en el cielo. La Jefatura de Tráfico trató de estimar cuál sería el tiempo real en caso de haber respetado la normativa vigente y el resultado fue que llegar a Igualada ya hubiera supuesto dos horas. Todo sea dicho, el informe fue encargado a otro piloto español de Porsche, Juan Fernández (actualmente por carretera ambas localidades están separadas por unos 80 km). Bajar de 8 horas no solo era una gesta sino una temeridad…
El piloto reconoció haber puesto el marcador a 230 o 235 km/h. Aquello fue un desafío y alcanzó cotas de escándalo pues en 1963 se registraron «2.210 muertos y 50.150 heridos en calles y carreteras españolas”. Durante los días posteriores, algunos diarios publicaron artículos desacreditando al piloto, no solo mostrando claramente su oposición a la imprudencia cometida, tachándolo de suicida, si no también insinuando actitud homicida hacia el resto de usuarios de la vía.

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Temeridad o genialidad, así quedo registrado, guste o no, una más de tantas aventuras de aquel carismático piloto español.